Cuando descubrimos el origen de la melancolía también deseamos encontrar el final de ella, el nacimiento de la sensación de desarraigo presente en los momentos de búsqueda de un lugar mejor genera la desazón del recuerdo jamás concretado, anunciante del viaje frustrado hacia un destino irreal. ¿Quién no ha creído en la libertad que otorga la melancolía? … también hallamos en ella el peso de lo efímero y de lo que no pudo ser, feliz evocación siempre interrumpida por el desaire del presente.
Han ocurrido ciertos hechos pasados que aún se mantienen abiertos, considero que es importante cerrar los ciclos de la vida, como esos problemas matemáticos a los que hay que colocarle un corchete al final para enterarnos que la operación tiene un límite. Hace poco estuve realizando la mudanza de mi antigua casa y no pude resistirme a revisar los antiguos objetos de mi infancia, juguetes rotos, cuadernos garabateados, entre otras cosas que me llevaron inmediatamente a los años en los que ellos eran todo mi universo. Aún tengo en mis recuerdos las imágenes claras de cuando le quebré el brazo destructor de mi robot, o la forma como destacé mi tráiler a control remoto para indagar el origen de su funcionamiento, también recuerdo todos los nombres de esos muñecos que cobraban vida en las tardes lúdicas luego del colegio, así como las reglas del cómo uno debe “jugar correctamente”. Lo que si no he podido recuperar, es el instante en que cerré el ciclo de los juegos, ya que debe haber ocurrido un último juego, la última vez que guardé esos juguetes en sus cajitas, para sacarlos luego de muchos años. ¿Y si yo hubiera sabido qué era la última vez?, ¿Si me hubiera enterado con anticipación del cierre de este ciclo?
No me debe nada esa etapa porque cuando recurro a ella, no nace alguna melancolía, en los desgastados juegos están la prueba de que cumplieron su cometido final. Puedo decir que en ella se encuentra la comprobación necesaria que todo evento intenso de nuestro pasado, requiera un término. Tal vez necesite una lista donde aglutinar hechos, impresiones infantiles o juveniles que se concatenen y que aún le reclamemos su perduración, como el primer amor, las primeras canciones o cualquier evento feliz del pasado para así determinar qué es necesario terminar y ya no desear su retorno.
Buscar el final a la melancolía puede ser una alternativa para desentrañar del espíritu humano la necesidad de idealizar la vida nutrida con las imágenes de lo que creímos que realmente fue, para así encontrar la tranquilidad del presente, valorando desde este mismo instante, la actual experiencia, el alimento de una futura fallida nostalgia.
Han ocurrido ciertos hechos pasados que aún se mantienen abiertos, considero que es importante cerrar los ciclos de la vida, como esos problemas matemáticos a los que hay que colocarle un corchete al final para enterarnos que la operación tiene un límite. Hace poco estuve realizando la mudanza de mi antigua casa y no pude resistirme a revisar los antiguos objetos de mi infancia, juguetes rotos, cuadernos garabateados, entre otras cosas que me llevaron inmediatamente a los años en los que ellos eran todo mi universo. Aún tengo en mis recuerdos las imágenes claras de cuando le quebré el brazo destructor de mi robot, o la forma como destacé mi tráiler a control remoto para indagar el origen de su funcionamiento, también recuerdo todos los nombres de esos muñecos que cobraban vida en las tardes lúdicas luego del colegio, así como las reglas del cómo uno debe “jugar correctamente”. Lo que si no he podido recuperar, es el instante en que cerré el ciclo de los juegos, ya que debe haber ocurrido un último juego, la última vez que guardé esos juguetes en sus cajitas, para sacarlos luego de muchos años. ¿Y si yo hubiera sabido qué era la última vez?, ¿Si me hubiera enterado con anticipación del cierre de este ciclo?
No me debe nada esa etapa porque cuando recurro a ella, no nace alguna melancolía, en los desgastados juegos están la prueba de que cumplieron su cometido final. Puedo decir que en ella se encuentra la comprobación necesaria que todo evento intenso de nuestro pasado, requiera un término. Tal vez necesite una lista donde aglutinar hechos, impresiones infantiles o juveniles que se concatenen y que aún le reclamemos su perduración, como el primer amor, las primeras canciones o cualquier evento feliz del pasado para así determinar qué es necesario terminar y ya no desear su retorno.
Buscar el final a la melancolía puede ser una alternativa para desentrañar del espíritu humano la necesidad de idealizar la vida nutrida con las imágenes de lo que creímos que realmente fue, para así encontrar la tranquilidad del presente, valorando desde este mismo instante, la actual experiencia, el alimento de una futura fallida nostalgia.












