miércoles 3 de junio de 2009

La destrucción de la nostalgia

Cuando descubrimos el origen de la melancolía también deseamos encontrar el final de ella, el nacimiento de la sensación de desarraigo presente en los momentos de búsqueda de un lugar mejor genera la desazón del recuerdo jamás concretado, anunciante del viaje frustrado hacia un destino irreal. ¿Quién no ha creído en la libertad que otorga la melancolía? … también hallamos en ella el peso de lo efímero y de lo que no pudo ser, feliz evocación siempre interrumpida por el desaire del presente.

Han ocurrido ciertos hechos pasados que aún se mantienen abiertos, considero que es importante cerrar los ciclos de la vida, como esos problemas matemáticos a los que hay que colocarle un corchete al final para enterarnos que la operación tiene un límite. Hace poco estuve realizando la mudanza de mi antigua casa y no pude resistirme a revisar los antiguos objetos de mi infancia, juguetes rotos, cuadernos garabateados, entre otras cosas que me llevaron inmediatamente a los años en los que ellos eran todo mi universo. Aún tengo en mis recuerdos las imágenes claras de cuando le quebré el brazo destructor de mi robot, o la forma como destacé mi tráiler a control remoto para indagar el origen de su funcionamiento, también recuerdo todos los nombres de esos muñecos que cobraban vida en las tardes lúdicas luego del colegio, así como las reglas del cómo uno debe “jugar correctamente”. Lo que si no he podido recuperar, es el instante en que cerré el ciclo de los juegos, ya que debe haber ocurrido un último juego, la última vez que guardé esos juguetes en sus cajitas, para sacarlos luego de muchos años. ¿Y si yo hubiera sabido qué era la última vez?, ¿Si me hubiera enterado con anticipación del cierre de este ciclo?

No me debe nada esa etapa porque cuando recurro a ella, no nace alguna melancolía, en los desgastados juegos están la prueba de que cumplieron su cometido final. Puedo decir que en ella se encuentra la comprobación necesaria que todo evento intenso de nuestro pasado, requiera un término. Tal vez necesite una lista donde aglutinar hechos, impresiones infantiles o juveniles que se concatenen y que aún le reclamemos su perduración, como el primer amor, las primeras canciones o cualquier evento feliz del pasado para así determinar qué es necesario terminar y ya no desear su retorno.

Buscar el final a la melancolía puede ser una alternativa para desentrañar del espíritu humano la necesidad de idealizar la vida nutrida con las imágenes de lo que creímos que realmente fue, para así encontrar la tranquilidad del presente, valorando desde este mismo instante, la actual experiencia, el alimento de una futura fallida nostalgia.

miércoles 20 de mayo de 2009

Y si lo ignoras ahora...

Y si lo ignoras ahora,
En la sala sombreada quedará nadie de sorpresa
Porque esperan paseando con flexibles abecedarios
A que te decidas descendente sobre una palabra.

Es la última noche que aguardo trémulo, sin luz
Desesperado por bacante albedrío mientras llueve
Lo que no dices.

Y aquellos sueños, ataviados de cruces,
Sentencian la ignorancia de tu decisión,
Muertos después de los funerales callados al huésped
Que ya no les visita.

No son madrugadas de amarguras
La distancia del silente diálogo que pare la angustia
Ni las bocanadas altaneras de cerradas miradas, dirigidas
Hacia sombras ilusas limítrofes de lo perdido.

Y no preguntas
Y no miras dentro de este cofre alucinado prometido antes de su apertura,
Porque sólo quieres ver lo que huye dentro de él…

ya comprendo, no lo ignoras y no nos dejas saber lo que ves…

¿O lo dijiste alguna vez?,
¿Era el discurso ensoñado que por las mañanas no recuerdo?

sábado 2 de mayo de 2009

Hambre Tecnológica

Revisando los catálogos impresos o en línea sobre las novedades tecnológicas que salen al mercado, no dejo de impresionarme por la cantidad de cosas que pueden hacer estos aparatos, y lo más impresionante aún, son que estas utilidades no me las había imaginado con anterioridad pero desde ahora no son más que una necesidad. Equipos de audio con Gigabytes de capacidad para escuchar música por cientos de años, cámaras fotográficas con megapíxeles capaces de agrandar una imagen al tamaño del Estadio Nacional, Disco Duros con MB donde podemos almacenar cientos de programas que nunca utilizaremos, y la lista puede aumentar si nos dedicáramos a describir los miles de instrumentos creados por el amo y señor de todo esto, que es el microchip.

Pero lo que más me llama la atención es la capacidad de asombro que me producen estos objetos, el desarrollo del diseño industrial han hecho de estos productos joyas tecnológicas que todos ambicionan. Máquinas futuristas que ellas mismas no se satisfacen, existiendo en un mundo paralelo donde no se bastan, sino pensemos en una tarjeta gráfica de video, un objeto del deseo que me atormentó en la adolescencia desde que me enteré que no todos los juegos de video podían ser jugados en mi ya vieja AT286 con monitor monocromático y tarjeta de video integrada Hércules. Con el tiempo creí que era “una” sola tarjeta la causante de mis frustraciones lúdicas, pero luego me enteré que hay diferentes modelos para las distintas necesidades, encontramos buenas para los videos en HD, animación gráfica 3D, fotografías o las más poderosas para los video juegos de última generación.

Lo extraño es que una nueva tecnología supera a la anterior sin esta otra haber explotado todas las capacidades que nos pueda otorgar. Cuántos miles de video juegos o programas se pueden haber creado con tarjetas gráficas que fueron obsoletas en menos de cinco años, porqué la misma tecnología no nos deja acostumbrarnos a ellas y hacérnosla suyas.

Se nos corren y nunca las alcanzamos, mi cámara de fotos digital que con tanta ilusión la compré, me doy cuenta que ahora un teléfono celular tiene la misma capacidad que ella. Ni siquiera llegué a tomar todas las fotografías que quisiera y ya existen aparatos con mejor suerte que los supera en resolución.

Me recuerda a las películas de colonizadores donde el explorador llega a un pueblo carente de tecnología y que por un encendedor o un lapicero, los nativos le intercambiaban a sus mujeres o sus más valiosas joyas. Y en cierta forma, esa es la manera como lo innovador nos cautiva de una forma enfermiza, haciéndonos descartar las tradiciones, los usos y las costumbres para ir a abrazar lo nuevo, cambiando nuestros paradigmas sin demasiada resistencia.

Uno piensa en que no es necesario ir detrás de ella todo el tiempo, pero este férreo sentimiento por los objetos de vanguardia nos hace desear su posesión, porque si los tenemos, nosotros mismos nos renovamos, sentimiento común que los medios de comunicación y la industria tecnológica nos han generado.

Hoy, al viajar en el ómnibus, en cierta forma me sentí obsoleto al sacar de mi maleta un discman pues no dejó de sorprenderme al ver los rostros de los adolescentes al ver mi aparato, ya que pareció que estuvieran viendo un objeto pre-colombino, es así que el poseer una nueva tecnología te hace pensar que te encuentras vigente, como si uno también fuera un aparato más, que necesita de una innovación para no sentirse en desuso.